Pedro. ¡Venga, basta de triunfos, gloriosísimo soldado! Prefiero aquellos otros, aunque paganos, por odio a ti, que -aun siendo padre santísimo en Cristo- celebrabas triunfos por tantos mile de cristianos muertos por culpa tuya, fuiste responsable de la destrucción de tantas legiones, mientras ni con la palabra ni con tu vida has ganado para Cristo ni una miserable alma.
Cuando el diablo se mezcla en los asuntos humanos para arruinar una existencia o trastornar un Imperio, es muy extraño que no se halle inmediatamente a su alcance algún miserable al que no hay más que soplarle una palabra al oído para que se ponga seguidamente a la tarea.
¿No estás tú también un poco sucio de letras y un poco sucio de ciudad?
Hoy, que se queman las utopías en el sucio fogón de las vergüenzas, los dramaturgos, son sus signos en el aire, reivindican la última y más indispensable utopía: la de inventar sueños, la de celebrar ritos pánicos a la vida, la de levantar un espejo mágico para que la sociedad vea sus heridas y se ría de ellas.
A los hombres les va bien un aspecto descuidado
Y tú, como piloto descuidado, que en medio del mar Jonio mal seguro, cuando más lo alborota el Austro airado en el cielo poniendo un velo obscuro, reposa y el timón deja olvidado, sin prevenir remedio al mal futuro ¿Tan descuidado duermes, olvidando las armas que te están amenazando?
El verdadero hombre es la nación; el individuo es siempre un egoísta. Despojaos, pues, de esa individualidad que os aísla, de ese individualismo que no respira más que desigualdad egoísta y discorde y consagraos enteramente al verdadero hombre, a la nación, al estado.
Me juzgarás cruel y egoísta, muy egoísta, pero recuerda que el amor es siempre así. Cuanto más inmensa es la pasión, más egoísta resulta.