Es la desgracia del hombre no contentarse nunca.
Decir uno de sí mismo menos bien de lo que puede y debe es necedad y no modestia; contentarse uno con menos de lo que vale es cobardía y pusilanimidad.
Hay que regocijarse de que las espinas estén recubiertas de rosas.
¿No es triste irse a la tumba sin llegar a preguntarse por qué has nacido? ¿Quién, ante semejante pensamiento, no habría saltado de la cama, ansioso por comenzar de nuevo a descubrir el mundo y regocijarse por ser parte de él?
Es falso que la pretensión a una recompensa no convenga a la verdadera virtud y que ofenda su pureza; pues, por el contrario, sirve para mantenerla, dado que el hombre es demasiado débil para desear la virtud con el fin de complacerse a sí mismo.
Nunca me he sentido más viva que cuando he visto a mis hijos deleitarse con algo; nunca más viva que cuando he visto a un gran artista hacer su arte; y nunca tan rica como cuando he conseguido un gran cheque para combatir el SIDA.
Porque deleitarse es algo anímico, y para cada uno es placentero aquello de lo que se dice aficionado.