El hombre que no sabe correr, saltar, nadar... es como un automóvil en el que sólo se emplea la primera velocidad.
De repente, ante los viajeros, apareció una colina. El automóvil la abordó como una tromba. Llovía a cántaros. Los relámpagos enviscaban el cielo con pegajosos resplandores. La colina, creciendo paulatinamente, se convirtió en montaña.
Es sorprendente que el hombre, el instigador, inventor y vehículo de todos estos acontecimientos, el autor de todas las sentencias y decisiones y la planificación del futuro, sea tan negligente.
Cuando tenía 12 años, todo lo que quería para Navidad era un trampolín o un vehículo de cuatro ruedas. Acabé cogiendo los dos regalos para Navidad
Con quien me llevo mejor es con Robert Kubica (también presente en la conferencia de prensa), y me gustaría que fuera él el campeón, pero no tiene un coche lo suficientemente competitivo como para recuperar doce puntos. Yo hago mi trabajo y cuando acaba la carrera me alegra más que gane uno u otro equipo
No he venido a jugar, sino a ser campeón del mundo. Vosotros dadme un coche y yo me encargo del resto.
Un carruaje bien rápido, rodando a distancia en la noche oscura y tirado por cuatro briosos caballos por caminos invisibles, ésa es mi idea de la felicidad.
Hay una catedral descendente y un lago ascendente. Hay un pequeño carruaje abandonado en el soto, o bien bajando a toda prisa por el sendero, adornado con cintas. Hay una compañía de cómicos ambulantes, vestidos para la representación, divisados en el camino por entre la linde del bosque. Hay siempre, en fin, cuando se tiene hambre y sed, alguien que llega y os echa de allí.
Lo que importa no es la casa de todos los días sino aquella oculta en un recodo de los sueños. Lo que importa no es el carruaje sino sus huellas descubiertas por azar en el barro.
Hay una catedral descendente y un lago ascendente. Hay un pequeño carruaje abandonado en el soto, o bien bajando a toda prisa por el sendero, adornado con cintas. Hay una compañía de cómicos ambulantes, vestidos para la representación, divisados en el camino por entre la linde del bosque. Hay siempre, en fin, cuando se tiene hambre y sed, alguien que llega y os echa de allí.