La miré un buen rato. Estaba dormida con la cabeza apoyada en la almohada y tenía la boca abierta. Tiene gracia. Los mayores resultan horribles cuando duermen así, pero los niños no. A los niños da gusto verlos dormidos. Aunque tengan la almohada llena de saliva no importa nada.
El viejo doctor Fausto ve a la joven campesina dormida en el camino y ¡adiós sus libros, su conocimiento, su filosofía!