He aprendido a nunca ridiculizar la opinión de cualquier hombre, por extraña que pueda parecer.
Es empresa vana tratar de ridiculizar a un necio rico: las carcajadas están de su parte.
Un hombre sin subconsciente no es el compañero ideal. Se esconde la mayor parte de su vida en la oscuridad de algunos de sus propios pensamientos ocultos, y surge sólo para insultar, burlarse y aumentar la miseria de una miserable hora.
Para el orgullo constituye una especie de placer el burlarse de los defectos que no se tienen y ese tipo de satisfacciones resultan tan gratas al hombre y especialmente a los imbéciles, que es muy raro ver que renuncien a él.
El secreto de poner en ridículo a las personas reside en conceder talento a aquellos que no lo tienen.
En su disociación de las matemáticas, nuestra cultura se acerca mucho a caricaturizar sus propios peores hábitos de alienación epistemológica.
Después de todo, ironizar es ausentarse.