Es muy probable que los premios literarios hayan sido creados por algún demiurgo sarcástico para subrayar la carcajada con que el tiempo se venga de las certidumbres.
Una carcajada vale por cien gruñidos en cualquier mercado.
Yo me cago de risa de todo. No me interesa que la gente lea lo que hablo. No tengo nada que decir...
Entre mis telas se traza el balancín, el columpio, la risa mientras nos lanzamos al viento y los velos se avuelan y los cuerpos se acuerpan.