Tú, ave peregrina, arrogante esplendor -ya que no bello- del último occidente: penda el rugoso nácar de tu frente sobre el crespo zafiro de tu cuello, que himeneo a sus mesas te destina.
Sostengo, pues, que los mortales que no conocen el himeneo ni las dulzuras de la paternidad, son más felices que los que tienen hijos.
Adoro el teatro y soy un pintor. Creo que los dos están hechos para ser un matrimonio con mucho amor.
El mejor matrimonio sería aquél que reuniese una mujer ciega con un marido sordo.