El mundo no recordará mucho tiempo lo que digamos hoy aquí... pero es nuestro deber, por respeto a su memoria que nosotros decidamos... que no hayan muerto en vano. Tengo la serena pero profunda convicción de que la sociedad y las consolidadas instituciones democráticas de España no permitirán que deshonren su memoria ni los ideales constitucionales de libertad que defendieron
Por eso los venceremos...no podrán ser nunca fanáticos. Porque no tienen corazón. Nosotros sí. Ellos no pueden ser idealistas, porque las ideas tienen su raíz en la inteligencia, pero los ideales tienen su pedestal en el corazón
Tomar la iniciativa exige algún tipo de visión, algún nivel por alcanzar, alguna mejora que lograr. Exige disciplina al hacerlo. Exige poner en ello todo el corazón y la pasión y hacerlo de un modo regido por la conciencia o los principios para alcanzar un fin que merezca la pena.
Cuando los gobiernos queden sometidos a estos principios de libre experimentación y competencia, ellos mismos mejorarán y se perfeccionarán. No más volar, allá en las nubes, que sólo ocultan su vaciedad. Su éxito dependerá enteramente de sí mismos, de hacer las mejor y más baratas que los otros.
Mire, joven, no se preocupe nunca por la nacionalidad, ni por la religión, ni por el ideario político de ningún hombre. Preocúpese únicamente de que sea un hombre de verdad. Es lo único importante.
Nuestro ideario no ha sufrido claudicaciones ni enmiendas, pues no somos de aquellos que por conseguir las veleidades del éxito momentáneo, reniegan de sus principios y mudan de piel con cada cambio de estación.
Soy un ser humano y no espero ser ni santo ni bribón, ni héroe ni tonto... simplemente un ser humano. Serviremos alegremente a la nación en su presente y penosa lucha. Nos estallaremos contra barcos enemigos abrigando la convicción de que Japón ha sido y será un lugar donde sólo se permite la existencia de hogares encantadores, mujeres valerosas y hermosas amistades
La democracia se basa en la convicción de que existen posibilidades extraordinarias en el pueblo medio
Nuestras convicciones más arriesgadas, más indubitables, son las más sospechosas. Ellas constituyen nuestro límite, nuestros confines, nuestra prisión.
Retener las propias convicciones no es incompatible con abandonar una actitud tradicional de rivalidad y hostilidad hacia las personas cuyas convicciones difieren de las nuestras