A pesar de que ahora tengo perspectiva, todavía no sé si la ira de Lacan era real o se trataba de una cólera de actor con fines terapéuticos.
Puedes ser el intérprete más artísticamente perfecto en el mundo, pero el público no responde si eres indiferente. (...) Eso vale para cualquier tipo de contacto humano: un político en la televisión, un actor en el cine, o un chico y una chica. Eso es tan cierto en la vida como en el arte.
Nos hemos permitido numerosas licencias. Ante todo, hemos intelectualizado en gran medida a nuestro paladín [el príncipe]. Ha resultado imprescindible. Su Alteza Serenísima andaba bastante a la greña con la pluma...