La perversión del léxico político no es un vicio, es un procedimiento.
Casos como éstos, en los que la muchedumbre derrocha perversión y demencia, no abundan, y tal vez por eso me apasioné en el grado en que lo hice al margen de mi rechazo en tanto que hombre como novelista, como dramaturgo, trastornado de entusiasmo ante un caso de belleza tan atroz.
¿Hay algo que en verdad exista, o cuando menos pueda ser concebido en sana lógica como existente, que esté más arriba del espacio y la materia?
Para hacer política justa y sana no basta conocer los hombres; es necesario también amarlos.