La lucha por nuestra independencia se desarrolló en tales condiciones, que demostró al Alto Perú que, así como debía contar con sólo sus esfuerzos para darse la libertad; que así como estaba solo ante la adversidad, así también en la vida independiente, debía vivir como unidad política autónoma.
Francia se hizo a golpes de espada. La flor de lis, símbolo de la unidad nacional, no es más que un puñal de tres hojas.
Nosotros hemos creado una inmensa base que está en nuestra doctrina, y si se practica esa doctrina, cuanto más fuerza hagan los hombres, más se unen y menos se separan. Es decir, hay aglutinación política en nuestra organización y menos disociación de fuerza de cualquier naturaleza.
Acusar a los demás de nuestras propias desgracias es consecuencia de nuestra ignorancia; acusarse a sí mismo es comenzar a entenderse, no acusar ni a otros ni a sí, esa es la verdadera sabiduría.
La debilidad clásica, casi congénita, de la conciencia nacional de los países subdesarrollados no es sólo la consecuencia de la mutilación del hombre colonizado por el régimen colonial. Es también el resultado de la pereza de la burguesía nacional, de su limitación, de la formación profundamente cosmopolita de su espíritu.
La dicha es justamente lo que saca al dichoso de la concatenación de los destinos y de la misma red de su destino.