En mis cuadernos escolares, en mi pupitre y en los árboles, en la arena en la nieve... Yo escribo tu nombre.
Hace falta estar ciego, tener como metidas en los ojos raspaduras de vidrio, cal viva, arena hirviendo, para no ver la luz que salta en nuestros actos, que ilumina por dentro nuestra lengua, nuestra diaria palabra.