La carne es extremadamente débil, y no tanto por su culpa, pues el espíritu, cuyo deber, en un principio, sería levantar una barrera contra todas las tentaciones, es siempre el primero en ceder, en izar la bandera blanca de la rendición.
La barrera más inamovible de la naturaleza es la que hay entre el pensamiento de un hombre y el de otro.
Cuando una mujer te plancha la solapa con la mano ya estás perdido.