Trabajo en torno a la descripción y me desentiendo de todo intento que haga el soñante para desprenderse de él.
Para recibir el don de la felicidad el talante más adecuado es, pues, el desprendimiento: no estar prendido a nada, desprenderse de todo. La felicidad, como el pájaro libre, no está nunca en mano, sino siempre volando. Pero tal vez, con suerte y quietud por nuestra parte, se pose, por unos instantes, sobre nuestra cabeza.
Figo ya puede venir a Barcelona tranquilo, porque ahora el enemigo público número uno soy yo
Si no hay muerte, no puede haber nacimiento. El significado es que una generación debe morir para que pueda venir la siguiente. No bien concibes o das nacimiento a un niño, tú eres el muerto. El niño es la nueva vida, y tú eres simplemente el protector de esa nueva vida.
Recuerdo que el amor era una blanda furia no expresable en palabras. Y mismamente recuerdo que el amor era una fiera lentísima: mordía con sus colmillos de azúcar y endulzaba el muñón al desprender el brazo. Eso sí lo recuerdo.
Un hombre no es un hacha. No es una condenada herramienta que corta, tala y destroza todo el día. Las cosas le llegan. Hay cosas que no puede desprender porque las lleva dentro.
No tengo nada en contra para que el pueblo haga una nueva Constitución y nuevas leyes y mañana, si así se desea, puede nacer una nueva Yamahiriya. Los libios son libres ya que el poder está en manos del pueblo.
La cultura democrática sólo puede nacer si la sociedad política es concebida como una construcción institucional cuya meta principal es combinar la libertad de los individuos y las colectividades con la unidad de la actividad económica y las normas jurídicas.
Al principio hubo el deseo de expresarme, también de estudiar la vida psicológica, también de comprometerme en un estudio general de estética, también de mejorar económicamente. Todo eso se borró con el conocimiento inesperado de cierta persona de tan altas influencias de espíritu (...) que a veces no sé si sólo la he soñado. Para serle grato o seguir soñándola inicié el manuscrito.
No hay prueba más contundente del la divinidad de Cristo que el hecho de seguir siendo tan odiado 2000 años después de su muerte.