No había más que darle un toquecito ligero en la espalda de vez en cuando. Y cuando se daba la vuelta movía el trasero a saltitos de una manera graciosísima. Me encantaba. De verdad. Para cuando volvimos a la mesa ya estaba medio loco por ella.
¿Sabe el loco que está loco? ¿O los loco son los demás, que se empeñan en convencerle de su sinrazón para salvaguardar su existencia de quimeras?