El Dios del Antiguo Testamento es, sin duda el personaje más desagradable en toda ficción: celoso y orgulloso de ello, un mezquino, injusto, un controlador implacable, un vengativo limpiador étnico sediento de sangre, un misógino, homófobo, racista, infanticida, genocida, filicida, pestilente, megalómano, sadomasoquista, matón caprichosamente malévolo.
Los tres pilares del trípode del consentimiento son el deseo, los datos y la duda. La eficiencia y la honestidad tienen muy poco que ver con ello [...] El deseo reúne a los participantes, los datos establecen los límites de su diálogo. La duda enmarca las preguntas.
Tras la desconfianza en el propio criterio, viene la inmoralidad en la vida.
La desconfianza es una señal de debilidad.
En el drama, creo que el público está dispuesto a participar. Se suspende un cierto tipo de incredulidad para tratar de sacar algo de una historia
Dios está limitando con mi incredulidad
El mundo es tan de los vivos, y tan poco en verdad de los muertos -aunque permanezcan en la tierra todos y sin duda son muchos más-, que aquéllos tienden a pensar que la muerte de alguien querido es algo que les ha pasado a ellos más que al difunto, que es a quien de verdad le pasó.
En la ciencia, como en todos los campos de la vida, impone la consigna: primero la seguridad. La duda es para él un enemigo del orden divino y humano.