Cuando un hombre de letras alemán deseaba antiguamente dominar a su nación, le bastaba con hacerle creer que había alguien dispuesto a dominarla. Al punto quedaban todos tan intimidados que se dejaban dominar con gusto por quien fuese.
La felicidad es una condición imaginaria, antiguamente atribuida por los vivos a los difuntos, ahora atribuida usualmente por los adultos a los niños, y por los niños a los adultos.