Durante la Primera Guerra Mundial mi coronel me presentó a un oficial superior con las palabras: En la vida civil el teniente Hahn es profesor y descubrió el mesotorio. El oficial contestó: Entiendo que el teniente Hahn es químico: ¿pero qué tiene que hacer con animales antediluvianos?
El gesto del profesor valió más que la propia nota de diez que le dio a mi redacción. El gesto del profesor me daba una confianza aún obviamente desconfiada de que era posible trabajar y producir. De que era posible confiar en mí, pero que sería tan equivocado confiar más allá de los límites como era en ese momento equivocado no confiar.
Un título universitario no acorta el tamaño de vuestras orejas; no hace más que ocultarlo.
El Campanil, cortándose sobre los oscuros pinares y en el luminoso raso del firmamento, es bello. Será siempre bello. Va a ser el símbolo universitario por excelencia, signo de rectitud y elevación, columna que difundirá en las almas goce, placidez y serenidad, flecha que apunta a la altura, como la filosofía, donde más allá de las nubes que amedrentan, triunfa la claridad celeste