Llamamos perversa a una práctica sexual cuando se ha renunciado a la meta de la reprodución y se persigue la ganancia del placer como meta autónoma.
Cuando el hilo dorado del placer se entrelaza con esa trama de cosas que nuestra inteligencia está siempre tejiendo laboriosamente, otorga al mundo visible ese encanto misterioso y sutil que llamamos belleza.