Ese golpe de caja al principio de la canción sonaba como si alguien abriera de una patada la puerta de tu mente.
Quien escribe gusta del halago, pero el 'escritor' en cambio, ha de aprender a gozar con el arrecio, con el golpe de martillo sobre el yunque de su obra. Sólo así podrá forjar aiestos.