Es evidente que el común entusiasmo por la igualdad es, en un sentido fundamental, anti humano. Tiende a reprimir el florecimiento de la personalidad individual, de la diversidad y de la civilización misma. Es la búsqueda de la uniformidad de los salvajes.
Es más fácil reprimir el primer capricho que satisfacer a todos los que le siguen.
Cualquier Estado forzado a dedicar muchas de sus energías en controlar física y psicológicamente a millones de sus propios sujetos, no podría sobrevivir indefinidamente.
Si usted quiere controlar el resultado de un juego, usted tiene que controlar ambos lados, pero para lograr esto usted debe engañar a las personas a creer que los dos lados tienen diferentes amos y objetivos.
Pero el hombre no es independiente, porque el movimiento comience en él, sino porque puede inhibir el movimiento. Rompe, pues, su propia espontaneidad y naturalidad.
El punto más importante es no tener cualquier postura preparada o movimientos preparatorias antes de lanzar el directo o cualquier puñetazo.
¡Qué agradable sería un mundo en el que no se permitiera a nadie operar en bolsa a menos que hubiese pasado un examen de economía y poesía griega, y en el que los políticos estuviesen obligados a tener un sólido conocimiento de la historia y de la novela moderna!