Cuando faltan garantías para censurar a las autoridades, cuando en las graves cuestiones políticas, religiosas y sociales no se puede emitir libremente las ideas, los hombres enmudecen o consagran toda su fuerza intelectual a discusiones insípidas, rastreras y ridículas.
El hombre, siendo libre y autónomo, reconoce que los otros son igualmente libres y autónomos. Y, de modo inverso, él solo es libre y autónomo si es libremente reconocido como tal por los otros.