Sus cortas telas de seda, sus largas faldas de cola, su elegancia, su alegría, y sus blandas y azules sombras, giran en el torbellino del éxtasis de una luna gris y rosa, y la mandolina murmura en los temblores de la brisa.
Veo un muro gris, un serio muro gris en el que el sol viene a pegarse como una estampilla la mitad del año, como una araña achatada, como una pasta amarilla que a la tarde se envuelve apergaminada hacia arriba. Veo también una pequeña ventana y en ella una cabeza enmarañada, sin peinarse y sin cuerpo, desnivelada al filo de una batiente abierta, con la mirada puesta lejos como hacia adentro.
Cuanto mayor es la multitud, más insignificante de la persona.
El ser más insignificante puede ser amado, si sabe organizar la incertidumbre.
Para el filósofo natural, no hay objeto natural poco importante o insignificante
¡Ay, qué insignificante el corazón, si llega a caer en manos del amor!