Como un guante famélico el día se me escapa de los dedos.
El primer francés que se comió un caracol no era, ciertamente, un epicúreo, sino un hambriento
Hacia tus pies resbalo, a las ocho aberturas, de tus dedos agudos, lentos, peninsulares, y de ellos el vacío de la sábana blanca caigo, buscando ciego y hambriento tu contorno de vasija quemante.