El orden político descansa en dos principios conexos, opuestos e irreductibles: la autoridad y la libertad... ni la autoridad ni la libertad pueden constituirse aparte, ni dar origen a un sistema que les sea exclusivamente propio; lejos de esto, se hallan condenadas a hacerse perpetuas y mutuas concesiones.
Toda pena (dice el gran Barón de Montesquieu) que no se deriva de la absoluta necesidad, es tiránica: proposición que puede hacerse más general de esta manera.