La sociedad norteamericana (...) no sólo sanciona las más burdas e injustas relaciones entre los hombres, sino que las fomenta. ¿Puede alguien negar eso? No. Rivalidad, competencia, envidia, celos, todo lo malo del carácter humano lo alimenta el sistema. Las posesiones, el dinero, la propiedad...Por tan corruptos criterios se miden la felicidad y el éxito.
En ese laberinto de terrores, habría preferido refugiarse en la penumbra del ateísmo, negar la inmortalidad del alma, convencerse de que, una vez cerrados los ojos, no volvería a abrirlos, y que el mismo momento aniquilaría a la vez su alma y su cuerpo. Pero hasta ese recurso le estaba negado.