Un escritor necesita tres cosas: la experiencia, la observación y la imaginación, dos de las cuales, a veces una de las cuales, puede suplantar la falta de las demás.
¿Un escritor? ¿Y que educación recibí? Ninguna. ¿Dónde estudie? En ninguna parte. ¿Que estudie? A quien le importa. A pesar de todo esto me hice un escritor inmediatamente, porque escribía más de lo que había leído, entonces pensaba más de lo que mi conocimiento me permitía.
Ciego quien no ve el sol, necio quien no lo conoce, ingrato quien no le da las gracias, si tanta es la luz, tanto el bien, tanto el beneficio, con que resplandece, con que sobresale, con que nos favorece, maestro de los sentidos, padre de las sustancias autor de la vida.
Si Dios es bueno, no es el autor de todas las cosas, sino sólo de una cuantas, y no de la mayor parte de las que le ocurren al hombre.
El literato de puerta cerrada no sabe nada de la vida. La política, el amor, el problema económico, el desastre cordial de la esperanza, la refriega directa del hombre con los hombres, el drama menudo e inmediato de las fuerzas y las direcciones contrarias de la realidad, nada de esto sacude personalmente al escritor de puertas cerradas.