Parece que los gitanos y gitanas solamente nacieron en el mundo para ser ladrones: nacen de padres ladrones, críanse con ladrones, estudian para ladrones, y, finalmente, salen con ser ladrones corrientes y molientes a todo ruedo, y la gana del hurtar y el hurtar son en ellos como acidentes inseparables que no se quitan sino con la muerte.
Pero matar a un hombre porque, basándome en sus acciones o en sus amenazas, se me ocurre pensar que él me matará a mi en cuanto pueda (y cuando yo tengo tiempo y medios de pedir protección del poder soberano), es un crimen.
Considero un asunto muy grave el matar a los hombres por creer que están en el error o por algún detalle de interpretación escriturística, cuando sabemos que el más elegido se puede equivocar.
Yo creía que ahora estaba en la plenitud de mis posibilidades y capacidades, así que cuando llegase mi hora final sería como derribar un árbol, como dejar una cosecha entera de manzanas por recoger. Eso es triste. Y sin embargo debería aceptarse. Porque si la vida ha sido tan rica, seguir aferrado a ella sería de ambiciosos y desgraciados.
Legisladores, haced vuestras mancillas menos frecuentes si queréis disminuir la masa de crímenes; una nación que supo hacer un dios del Honor puede derribar sus cadalsos cuando le queda para dirigir a los hombres el freno sagrado de tan hermosa quimera...