El frío anochecer de Kyoto hacía aflorar el calor del fuego. El viento, en la penumbra, gemía entre los pilares. El grillo que se posaba en la gruesa columna había desaparecido.
Siento miedo al pensar que esta complicidad algún día vaya a terminar, miedo a no volver a ver tus ojos desvistiéndome como lo hacen cada anochecer