Dejaste tu sombra merodeando sin permiso por la casa, la huella en la alfombra de tu espalda como un cráter en la luna y tu reflejo en el espejo
En Madrid, jamás llegué a pisar la calle, porque cada vez que aparecía en la puerta del Hotel Ritz, una legión de caballeros arrojaban sus capas al suelo para que caminara sobre ellas, poniendo ante mí una alfombra que nunca se acababa